Así, en diminutivo, pues en el teatro les ha dado a muchos por buscar en sus bolsos y bolsillos esos caramelos que suenan y que tienen un papel que te impide escuchar a los actores; la señora de al lado no era capaz de abrirlo, pero insistía en su empeño y habrán sido 10 minutos de ruidito que me ponía bastante nerviosa; la miraba y los de delante giraban la cabeza a modo de tortuga, , pero ella estaba atenta a la obra, se reía y trataba de lograr sacar la pastilla de azúcar.
Los caramelos de la foto me los pusieron al acostarme, en una pequeña mesilla de una mini habitación de Lourdes. No olvidaré ese detalle en un viaje inolvidable.
No tomo caramelos. Recuerdo los de piñones de las Dos cafeteras; esos sí me gustaban.