Otro amigo que os presento. Desaparezco de casa y me pierdo en mis encuentros con personas que realmente me llenan la vida al escucharlas. Me paro a saludar y termino horas escuchando lo mucho que me enseña la gente que vive de la calle.
Toca el acordeón a la sombra y en verano se pone otro disfraz más liviano: «el de marinerito». Lo hace por amor a la música y porque le gustan las humanidades y hablar con la gente. Me advierte que se va por las ramas..lo noto y le tengo que vuelva al hilo de la conversación. Me cuenta que en su casa siempre hubo un piano y me enseña que el acordeón no produce sonido interior; que es el aire el que lo emite al entrar y salir.Lo tiene roto y me dice que en su casa lo repara y le pone emplaste para tapar los agujeros; porque está muy viejo. Es de nácar por fuera y de cartón el fuelle. Me gustan sus colores: lila y chocolate. Siempre esta gama de color me conecta con lo mejor.
Lo abre mucho para mí, porque le digo que quiero verlo en su esplendor; lo estira para que se vea bien en la foto. Parece un chicle. Lo toca con emoción. Sonríe.
Me mira con su nariz gorda de payaso, que sujeta con un cordón viejo que le aprieta la piel y le deja marca. Tiene otra nariz más vieja y blanda en la maleta que apoya en el suelo, en donde lleva estampas de la Virgen; una señora pasa y le regala otra.
Me dice que va sin carga por la vida; que no lleva reloj ni tiene auto. Lo que gana con la limosna de la gente es para comer ya que no el gusta cocinar. También compra libros de filosofía; ahora está con Fedro. Dice que la música viene de ahí.
Me produce la ternura del circo; con su vestimenta vieja..como los artistas circenses que llevan los trajes rotos y las medias con remaches.
Qué bonito el diario de hoy; me emociona recordar la mañana de ayer.