Como este espacio es para celebrar la vida, hoy aplaudimos la de Flavio, mi /vuestro amigo del alma, que supo amoldarse a una nueva realidad.
Estamos muy orgullosos de leerle y ver que su vida es testimonio en el diario argentino; en el periódico de mayor tirada del país.
Para mí él fue ejemplo desde el momento en que «me tocó ser su abrazadora» en un maratón por los Lagos de Palermo. Me mostró otra realidad; una vida llena de alegría en la dificultad. Le quiero tanto que le quiero dar un merecido homenaje a él y a todos los que superan/superamos pruebas.
Flavio, campeón ¡


«De un segundo para el otro su realidad tuvo un vuelco irreversible. Sin previo aviso, sin señales de alarma, la discapacidad entró en sus vidas por la puerta grande y llegó para quedarse. Aún presos del asombro, no tuvieron otra opción que volver a empezar y reaprender situaciones tan cotidianas como comer, afeitarse o vestirse. A regañadientes, pasaron a depender casi totalmente de los demás, para de a poco ir ganando de nuevo su independencia.

Además de una discapacidad, adquirieron una nueva forma de ver el mundo, de ordenar sus prioridades, de romper sus propios límites y se sorprendieron con nuevas destrezas y capacidades. «La discapacidad en la vida de una persona impone la necesidad de descubrir el real sentido de la vida, la resignificación de lo importante, la valoración desde nuevas dimensiones de lo que sos, a quiénes amas, qué querés y también que no querés más para tu vida», sostiene Bea Pellizari, directora general de La Usina, una organización que promueve un cambio de actitud con respecto a la discapacidad.

El contexto de las personas puede tanto generar como evitar una discapacidad, profundizarla o reducirla una vez adquirida. Para Flavio Crema, haber tenido un tío Víctor dispuesto a viajar a Cuba para sacarlo del estado vegetativo lo devolvió literalmente a la vida.

Hacía dos años que la casa de su abuela, una vieja construcción en Caballito, estaba desocupada y a él, a sus 26 años, le pareció casi el paraíso de la independencia. Era un 7 de julio de 1996 y Flavio se dispuso a bañarse para ir a una despedida de soltero. Como hacía frío, prendió el calefón que estaba ubicado en el baño y se sentó a esperar que calentara el agua.

La siguiente escena se da recién al otro día, cuando su novia lo encuentra tirado en el piso del baño y llama a la ambulancia. Nadie puede todavía explicar cómo fue que una paloma consiguió hacer un nido que tapara el calefón y que llevó a Flavio a intoxicarse durante 22 horas con monóxido de carbono.

«El primer milagro fue que su novia en vez de enojarse porque no le contestaba el teléfono se preocupó y fue hasta su casa para ver si estaba todo bien. El segundo milagro es que cuando Flavio llega al hospital con un problema cardíaco el jefe de cardiología justo estaba de guardia porque era fin de semana largo», cuenta Víctor, acompañado por Flavio, de 40 años, su madre Ana María y una de sus tías, en su casa en Palermo.

Después de 3 meses en terapia intensiva, y analizando las opciones a nivel nacional, decidieron que lo mejor era que hiciera una rehabilitación en el Centro Internacional de Restauración Neurológica (Ciren) de Cuba.

«Me subí con Flavio al avión en estado vegetativo sin tener mucha idea de con qué me iba a encontrar. Al final fueron 30 meses de tratamiento porque siempre aparecía alguna cosa nueva que había que solucionar. Pero lo más importante era que iba evolucionando», recuerda Víctor, que volvió con un Flavio que había recobrado la conciencia, hablaba, caminaba, pero que quedó con un 40% de disminución cognitiva, auditiva y motriz.

«Nadie revisó la estufa ni sacó el calefón del baño. De hecho, Flavio ya tenía dolores de cabeza los meses previos al accidente pero no se imaginó que era por intoxicación de monóxido de carbono», dice su madre, a modo de prevención para que nadie más esté expuesto a este peligro.

Antes del accidente, Crema tenía su propia empresa de diseño, que se llamaba Soluciones, y le faltaba una sola materia para recibirse de Diseño Industrial en la UBA. Hoy, gracias a su espíritu incansable y ávido de aprenderlo todo, divide sus días entre clases de gimnasia, inglés, cerámica, pintura, fotografía y escritura.

«Me encantaría viajar, exponer mis obras afuera y poder vivir de mi arte. Yo siempre digo que hay esperanza, que no hay que bajar los brazos», dice Crema, que apuesta su futuro a la escultura, está de novio con Rosana y al que la discapacidad nunca logró frenar.

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