Como esta ciudad me remonta a lo vivido, he impuesto el uso del servilletero para toda la familia. Cada uno tenemos un motivo animal; son de madera tallada y los compré hace años. Siempre digo que cada persona nos parecemos a un animal y así, cada día me acuerdo de mis preferidos. Para el desayuno y las comidas que manchen mucho, utilizo las de papel, pero no da la misma sensación; para los langostinos son aconsejables pues me da pena pensar en las manchas que puedan quedar para siempre, como el vino. Hay que lavar y planchar, pero apenas es trabajo.
Tengo el recuerdo visual de mis abuelos doblando su servilleta. Cada casa tiene sus formas de doblarlas; también he visto que las hacen nudo cuando son muy grandes. Las prefiero pequeñas y que quepan bien en el cajón. Siempre había un hermano que las guardaba; el más listo con tal de no recoger el resto.

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