Es lo que me inspiró la cara del violinista del semáforo. Aquí es un espectáculo ver cómo te venden de todo o te muestran sus habilidades por lograr unos pesos para vivir.
Tocaba muy fuerte y sonreía. Nadie baja las ventanas por seguridad , pero yo no puedo evitar ver de cerca esos ojos tristes que habrán visto y sufrido mucho para terminar así.
Me podría recordar su cara a un cuadro de algún pintor del Prado.
Se despidió de mí y de mi hijo como también me gusta decir a mí porque lo he aprendido aquí : «Que Dios les bendiga.»

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